07 decembro 2024

Sargadelos: Xardín fantástico con estatua





 Este tema é unha copia da serie "Statue" de Samuel Alcock & Company.

En primeiro plano destaca a presenza dunha grande árbore situada á esquerda e no xardin, caracterizado pola presenza dunha estatua, hai un grupo formado por un home, unha muller cun parasol e un neno paseando. Toda a paisaxe se organiza en torno a un río que zigzaguea e nas súas marxes despréganse unha serie de edificicacións palacianas e ciprestes, cerrándose no horizonte un grupo de montañas que actúan como pano de fondo.

Ils ont reconstruit Notre-Dame: Matteo Pellegrino, le charpentier amoureux du beau geste

06 decembro 2024

Notre Dame en cifras

Chinoisserie


 A fascinación pola porcelana chinesa e xaponesa, e en especial pola variedade "azul e branca" das dinastías Ming (1368-1644)  e Ching (1644-1911) fixo que os ceramistas europeos intentasen imitala. O primeiro paso deuse en Holanda coa chamada cerámica de Delft, que logo foi desbancada pola porcelana de Meissen. Outros lugares crearán a súa proppia cerámica azul e branca, como Inglaterra, onde recibe o nome de Delftware. A verdadeira revolución vaise producir co descubrimento nese país da louza fina e a decoración mecánica.

Aparecen daquela as decoracións chamadas chinoisseries, que non eran máis ca temas europeos baseados en modelos chineses da porcelana, e realizados por persoas con poucos coñecementos da arte oriental. Así, en Inglaterra xorden temas resultantes da mestura de temas orientais e occidentais, con paisaxes fantásticas orientalizantes, por un lado, e por outro, con flores soas ou grupos de flores e aves. Ambos comezan a empregarse en Sargadelos desde os anos cincuenta do s. XIX, e son copias e adaptacións dos modelos ingleses do período temperán do flow blue (entre 1830 e 1869), con zul cobalto intenso imitando modelos de Cantón e Nanking.

A serie está constituída por elementos tales como pagodes, figuriñas de chineses, salgueiros, rochas e nenúfares, xunto con elementos occidentais como volutas e rocallas, que por presentar unha composición similar se van agrupar baixo a denominación de Stafforshire Blue.

Sargadelos copia estes modelos, como tamén o fai a española de S. Juan de Aznalfarache. En Sargadelos hai polo menos unha vintena destas paisaxes fantásticas unificadas por ter uns elementos vexetais e arquitectónicos comúns en todas elas, organizados á volta dun río en zigzag, sobre o que navega algún tipo de embarcación; as figuras humanas teñen o mesmo protagonismo que calquera outro elemento da paisaxe. Para a mesma vaixela adoitábase empregar diferentes temas principais pero sempre a mesma orla, que sería a que proporcionase unidadde ao conxunto. Neste caso, a orla é con relevos de tipo vexetal estilizados e repasados a pincel.

Lula veuse despedir de Mujica

26 novembro 2024

Annie Leibovitz: Retratos de Filipe e Letizia para o Banco de España


Cuando vi por primera vez las fotografías, por separado, no podía entender cómo la composición de la imagen del rey eran tan mala. No era posible. Ni siquiera porque formaran parte de un díptico, de la misma imagen dividida en dos. No tenía sentido.
Y es que la imagen de Felipe está cuidadamente subordinada a la imagen de Leticia. Por muchas razones y todas, sin duda, calculadas por Leibovitz.
Si volvéis a mirar las imágenes anteriores. La de Leticia funciona perfectamente de forma independiente mientras que la de Felipe no. Hay una intencionalidad clara: Leticia puede "ser" sin Felipe, pero no al contrario.
Por un lado, la única vertical que aporta firmeza y estabilidad se encuentra atravesando a Leticia. ES la propia Leticia. La monarquía reposa en ella, nos dice Leibovitz con esta composición.
El espacio de Felipe y el propio rey resultan inestables, totalmente inclinados. Generan inquietud y solo funcionan en conjunto, con su pareja.
Leticia es el equilibrio y todo está pensado para destacar su rostro, al que apuntan la vertical de la esquina y la horizontal (casi la única horizontal) del dintel de la puerta.
Y esto queda enfatizado totalmente por la iluminación. Forcemos sus valores: la inmensa mayoría del cuadro de Leticia es luz, al contrario que la de Felipe, que es oscuridad.
Y también por el color. Los tonos y subtonos cálidos predominan en la fotografía de Leticia mientras que los fríos lo hacen en el de Felipe. Esto incrementa la sensación de comodidad cuando observamos el primero y la de intranquilidad cuando miramos al segundo.
De este modo, en la composición conjunta, todo está pensado para que el protagonismo, la fuerza y la estabilidad reposen en Leticia, dejando en un segundo plano a Felipe.
Esto, por supuesto, no es la primera vez que pasa. Ya vemos cómo María Luisa de Parma es el centro de la composición en la familia de Carlos IV de Goya.
Pablo Aparicio en X

Limpeza vaticana

22 novembro 2024

Iván Fernández Amil: El Reino de Galicia. El primer reino medieval de Europa Occidental

 Entre la desembocadura de los ríos Éufrates y Tigris, se encuentra una región de la antigua Mesopotamia a la que se conocía como Sumeria. Los sumerios son la primera y más antigua civilización con escritura del mundo y, aunque su procedencia es incierta y existen muchas hipótesis, se cree que su origen es autóctono con influencias externas procedentes de Irán o del oeste de la India. En Sumeria nació la primera sociedad urbana, con estilos de casas y monumentos que sirvieron de modelos para las civilizaciones futuras. Además, crearon la primera escritura, la numeración sexagesimal, la aritmética, los sistemas políticos, las leyes y la justicia, además de crear nuevas e innovadoras técnicas para la agricultura y la artesanía. Los sumerios fueron fundamentales para el desarrollo de la humanidad, por lo que se les considera la cuna de la civilización. Y tienen el honor de haber sido el primer lugar documentado en el que existió un rey, que gobernó desde finales del siglo XXVIII hasta finales del XXVII antes de Cristo, considerado el primer rey de la historia: Mebaragesi de Kish. Muchos siglos después, una pequeña región en el noroeste de la Península Ibérica, también dejó huella en la historia, pero no por sus reyes, si no por lo que muchos historiadores afirman sobre ella, que pasó de ser una provincia romana a convertirse en el primer reino medieval de Europa. Aquel lugar era el Reino de Galicia.

Las primeras pruebas de presencia humana en Galicia se remontan a hace más de 300.000 años, durante el Paleolítico inferior. A partir del Paleolítico Superior, estas tierras están habitadas por los Oestrymnios, llamados así por los romanos, hasta la llegada de un pueblo que lo cambió todo: los celtas.

Los celtas, también llamados saefes o serpientes, se establecieron en el norte de Portugal y el área de la Galicia actual, tal y como los romanos cuentan en la “Ora Marítima”. Esta extraordinaria obra versa sobre geografía de la Hispania prerromana y fue escrita en el siglo IV por el poeta latino Rufo Festo Avieno, que se basó en textos más antiguos del siglo VI antes de Cristo.

Los celtas introdujeron en Galicia su cultura y costumbres, que con el tiempo evolucionarían en la cultura de los castros o castreña, tras los intercambios entre las poblaciones autóctonas y este pueblo indoeuropeo, dejando una profunda huella en la región que todavía se puede apreciar a día de hoy. Incluso existen teorías que afirman que el acento y el sonido tan característicos de las lenguas gallega y portuguesa tienen su origen en la lengua celta, aunque no existen estudios fiables que confirmen esta idea.

Los historiadores romanos consideraban a las tribus celtas como un pueblo bárbaro, pero combativo, fiero y valiente. Por ello, Galicia y el norte de Portugal fueron los únicos lugares de la península donde encontraron una gran resistencia a sus conquistas.

Aun así, los romanos llegaron al fin del mundo, a Finisterrae, aunque para ello tuvieron que luchar durante más de un siglo para que sus legiones pudiesen avanzar más allá del río Miño. Sería necesaria la llegada de una legendaria figura para poner fin a la resistencia de los gallegos: Julio César.

En el año 61 antes de Cristo, Julio retoma el avance hacia el norte y conduce personalmente una incursión marítima que llega hasta la costa de la actual ciudad de A Coruña, aunque en el interior la resistencia permanece, hasta que en el año 23 antes de Cristo finalizan las conquistas en territorio de la actual Galicia y se declara la Pax Romana, que dio inicio al proceso de romanización y que se prolongaría cuatro siglos durante los cuales los gallegos se convirtieron en ciudadanos de Roma.

Gallaecia fue originalmente el nombre dado por Roma a esta provincia que abarcaba los territorios de la actual comunidad autónoma de Galicia, parte de la de Asturias, el norte de Portugal y parte del territorio de las actuales provincias de León, Zamora. Cuando se culminó la conquista, con la nueva división administrativa de Diocleciano, estaba formada por los conventus (reuniones entre romanos e indígenas que aconsejaban al gobernador) Lucensis (Lugo), Bracarensis (Braga) y Asturicensis (Astorga). Con el tiempo, en el siglo IV, la Gallaecia llegó a incluir el antiguo conventus Cluniensis, abarcando así todo el norte de Hispania.

Los romanos dejaron una nueva organización territorial, un nuevo idioma y una nueva religión, el cristianismo, pero con la decadencia del Imperio llegaron los pueblos germánicos, entre ellos los suevos, un pueblo que aparece en Gallaecia tras haber penetrado en la península ibérica junto con vándalos y alanos en el año 409.

Los suevos acuerdan con el emperador Honorio constituir en esta provincia el Reino Suevo de Galicia y otorgar el título de primer rey a su monarca, Hermerico.

Los suevos no permitieron que la huella de la civilización romana se perdiera y su legado perduró con ellos, ya que los nuevos habitantes de Galicia copiaron de Roma la acuñación de moneda, la moda y hasta los ritos funerarios

En esta nueva sociedad jerarquizada y militarizada, típica de los pueblos germánicos, se sembró la semilla de lo que más tarde se convertiría en el feudalismo y el vasallaje. Por esta razón, muchos historiadores consideran al Reino Suevo de Galicia como el primer reino medieval de Europa occidental.

El reino de los suevos duró hasta el año 550, momento en el que fueron derrotados por los visigodos, quienes hicieron una división administrativa del territorio y se proclamaron reyes de Galicia, Hispania y la Galia, hasta que en el 711 fueron derrotados por los árabes a su llegada a la península.

Tras la derrota de los árabes y su expulsión del norte de la península, Galicia pasó a depender de la Corona de Castilla y siglos más tarde de la Monarquía Hispánica.

En múltiples textos de la época, los reyes asturianos se nombraban a sí mismos como reyes de Galicia, siendo Alfonso VI de León el último de sus reyes hasta su muerte en el año 1109. Con Fernando III de Castilla, en el año 1230, su territorio fue asumido definitivamente junto al Reino de Castilla en la Corona castellana.

Independientemente de la evolución territorial asociada al nombre de Gallaecia, éste acabaría por derivar en lengua española hasta nombrar la actual Galicia, a pesar de no corresponderse exactamente al antiguo territorio romano. 

La denominación histórica de Reino de Galicia fue conservada durante siglos, hasta que fue sustituida en una fecha tan reciente como 1833, aunque siguió siendo empleada con fines honoríficos y protocolarios y sirvió de base, como precedente histórico, de la actual Comunidad Autónoma de Galicia, un lugar que un día fue el primer reino de Europa…

Artigo completo, aquí

20 novembro 2024

Lágrimas con la 'Ilíada', por Jacinto Antón (EP, 19.11.2024)

 Lágrimas con la ‘Ilíada’: Robin Lane Fox receta magistralmente cómo leer el poema y conmoverse con él hasta el llanto

¿Por qué leer hoy la Ilíada, el gran poema de Homero? Es cierto que la actualidad y la omnipresencia de la guerra —la de Troya en su caso— la hacen cercana, y que hasta aparece una gran inundación, con ecos de la dana valenciana, cuando el Escamandro se desborda “fluyendo con gran estruendo” y “la hinchada ola del río, acrecido por las aguas del cielo,” persigue a Aquiles. Y el río mismo dice en el poema: “Pronto en lo más hondo de la marisma yacerán sus bellas armas enterradas bajo el limo. Y a él lo revolcaré y lo cubriré con las arenas, le echaré encima escombros a millares, y los aqueos no serán capaces ni de recoger sus huesos: tanto será el fango con que lo cubriré” (en la versión de Gredos con traducción de Emilio Crespo Güemes). Pero la gran argumentación a favor de leer la Ilíada es mucho más profunda que sus resonancias presentes y nos llega ahora de la mano del gran clasicista británico Robin Lane Fox (Eton, 78 años), que dedica su último libro, Homero y su Ilíada (Crítica, 2024), a entonar un canto, y valga la palabra, a la obra del poeta. Un canto erudito, lleno de consideraciones interesantísimas y novedosas sobre el “incomparable” poema y sus circunstancias, pero sobre todo un canto apasionado, en la consideración de que no hay nada tan grande y emocionante como leer la Ilíada (si acaso, concede, Tolstói y Shakespeare), probablemente, opina, la mayor expresión del espíritu humano, nada menos.

De la vehemencia (ilustradísima) y la pasión (contagiosa) con que el sabio Lane Fox habla de la Ilíada da fe el que durante la entrevista con EL PAÍS para tratar de su libro, en varios momentos se emociona, se turba, se le quiebra la voz y se le inundan los ojos de lágrimas, componiendo la maravillosa y conmovedora imagen de un Príamo del Magdalen College de Oxford con americana y corbata. Hay que recordar, por cierto, cuánto y cómo lloran los héroes en la Ilíada, sin vergüenza alguna. También habrá momentos divertidos en la conversación (llena de deliciosas anécdotas y digresiones, y en el curso de la cual el estudioso comerá una porción de tarta de queso para reponer fuerzas), como cuando el eminente historiador evoque la ocasión en que, presa de un arrebato entusiasta, corrió en torno a las murallas de Troya (en Hisarlik, Turquía) desnudo, llevando solo calcetines.

Robin Lane Fox comienza por saludar amablemente a su interlocutor y recordar que de un compañero de colegio que se llamaba también Jacinto y al que solían castigar a menudo, incluso físicamente, los ilustrados alumnos y profesores decían “claro, con ese nombre” (para los poco duchos en mitología: el guapo efebo recibió un discazo mortal de Apolo en la cabeza). También señala que salen jacintos, flores, en la Ilíada: forman parte del lecho al que la diosa Hera arrastra a su marido Zeus para hacer el amor y distraerlo de los combates en Troya. Hay que recordar que Lane Fox es también un destacado jardinero, que escribe sobre jardinería en el Financial Times. En la mesa del despacho en la Fundación March de Madrid donde hablamos (y donde luego dará una charla) ha dejado una bolsa de los jardines botánicos Marie Selby de Sarasota, Florida, manchada de tierra y en la que lleva entre otros libros su ejemplar de la célebre edición de Loeb de la Ilíada, anotada de su puño y letra.

¿Por qué hace llorar la Ilíada? “La respuesta la doy en el capítulo final. Mi libro tiene dos partes, una más convencional, sobre el dónde, el cómo y el cuándo se compuso o se pudo haber compuesto la Ilíada. Y una segunda que se podría haber llamado precisamente por qué la Ilíada me hace llorar”. El estudioso explica que en sus clases siempre hace leer a sus alumnos la Ilíada, un canto por semana, en griego, y que cuando llega a la segunda mitad, “sublime”, del canto VI (la escena de Héctor y su mujer Andrómaca en Troya) “sé que indefectiblemente lloraré, y eso les resulta embarazoso a los jóvenes que se dicen ‘qué vergüenza este abuelo que se nos pone a llorar ahora’”. Y sin embargo, “a la semana siguiente, con el canto IX, sucede que me dejan una caja de pañuelos sobre la mesa, y empiezan a sentir lo mismo. Y con el XVIII me preguntan si pueden traer a amigos y novios y novias. Y en los últimos cantos, del 22 —la muerte de Héctor— al 24, ya se emocionan muchísimo y al acabar no soy solo yo, sino que todos estamos llorando. Y entonces les digo: ‘El mundo ya no será nunca igual’. Y años después de haber salido a la noche afuera secándonos las lágrimas, cuando aquellos chicos son ya hombres y mujeres, me escriben y me dicen: ‘El mundo nunca volvió a ser igual’. Y yo siento que aunque solo sea por eso, gracias a Homero, no habré malgastado mi vida”.


Tras una pausa en el que el silencio emocionado del profesor, homérico mister Chips, conmovería hasta a Aquiles, Robin Lane Fox continúa: “Quiero que la gente entienda esta emoción, que se sumerja en la Ilíada, para lo que basta con leerla en sus muchas buenas traducciones, lo que es mejor que nada, aunque la experiencia intensa completa requiere leerla en griego”. El profesor anima a hacerlo y considera que “en un par de años” uno puede aprenderlo y disfrutar a tope de la Ilíada. Al respecto recuerda la anécdota de Tolstói (cuya Guerra y paz, señala, acaba de releer por quinta vez), que anotaba en su cuaderno qué le parecían sus lecturas (genial, muy bien, pasable, mal) y apuntó de la Ilíada “muy bien”; pero cuando luego aprendió griego y pudo leerla en ese idioma, pasó su juicio a “GENIAL”, en mayúsculas. Aprovecha para recordar que Tolstói consideraba Madame Bovary “muy buena”, y que a él no se lo parece.


De todas formas, incluso leer la Ilíada en griego no es lo mismo que escucharla. Lane Fox explica cómo Homero, que “no sabía leer ni escribir” (como sus héroes), dice, pero era “un maestro de la composición poética oral”, interpretaba él mismo la Ilíada, cuya plasmación escrita de más de quince mil versos hexámetros dictó después, quizá para dejarla de herencia a sus hijos. El historiador, que cree que Homero recitó por primera vez su poema ante un ejército en campaña, sueña con haber podido escuchar a Homero, cuya probable forma de recitar —cambiando de ritmo, modulando el tono para cada personaje, gesticulando— considera que puede rastrearse en el poema. “No podemos saber cómo recitaba exactamente, pero lo haría como un actor dramático. Mucha gente cree que el teatro empezó con la tragedia griega y las máscaras pero para mí Homero es el primer actor dramático”. Y puntualiza: “El primer todo”.

Lane Fox, que prefiere la Ilíada a la Odisea, atribuye a Homero (cuya ceguera sería solo una convención) no solo inventar la épica, sino prefigurar ¡el cine! “Cuando leemos la descripción del escudo nuevo de Aquiles estamos viendo la primera imagen en movimiento del mundo, aparte de que Homero es cinematográfico anticipatoriamente en la forma de resolver los pases de una secuencia a otra, o al decidir narrar la guerra empezando no por el principio sino en el décimo año, y concentrada en solo cincuenta días, o inventando el flashback”. Y añade otras muestras de la modernidad de Homero: “Le dio robots a Hefesto para que le ayudaran en su trabajo, y avanzó la IA; ¡hay tantas maravillas en la Ilíada!”.


El erudito, siguiendo las “observaciones brillantes” de C. S. Lewis, destaca especialmente dos cualidades del poema que hacen que este nos extasíe y nos arranque las lágrimas: “Su esplendor inmarcesible y su despiadado dramatismo”. El primero, brota de la belleza de los epítetos —esa aurora de dedos rosados o velo azafranado que puede sugerirnos “el dorado que no permanece” de Frost, el vino siempre dulce como la miel, el mar oscuro como el vino, todo en su mejor versión—; mientras que el segundo tiene que ver con el pathos, el patetismo, el sufrimiento que el poema describe y la tristeza con que nos conmueve. Lane Fox destaca dos cumbres del pathos de la Ilíada: cuando Andrómaca se entera de que Héctor ha muerto, y durante la misión de Príamo para recuperar el cadáver de su hijo, el mismo Héctor, de manos de su némesis, Aquiles. El pathos se expresa, dice, “en las cuatro palabras más inquietantes del poema”: ei pot’een gue, “si alguna vez fue así”. El historiador recalca que al tener línea directa con los dioses en el poema, sabemos lo que va a pasar, de ahí brota una característica ironía homérica, la de que los hombres y mujeres luchemos desesperadamente en nuestras vidas aunque nuestro destino esté escrito, una ironía que es “la expresión profunda del gran golfo que separa a los dioses de los mortales” y alude a lo más esencial de la condición humana, nuestra ignorancia de lo qué ha de ocurrir y cuándo.


A algunos les puede sorprender la efusión lacrimosa de Lane Fox con una obra centrada en la cólera y tan llena de guerra y pasajes atroces, como el momento en que Aquiles le corta la cabeza a Deucalión de un tajo de espada y la arroja lejos con el casco aun puesto y mientras “la médula salta palpitante de las vértebras”, o la manera en que a Mulio le entra una lanza por una oreja y la “broncínea punta” le sale por la otra; o cómo Polidoro se sujeta con las manos las entrañas que le ha vaciado la lanza del propio Pélida. A Sarpedón, al arrancarle la lanza del cuerpo, con ella le salen los pulmones. “Es cierto, hay guerra, y los combates que se describen no son aptos para aprensivos, pero Homero la juzga odiosa y llena de dolor. La Ilíada no es ni un poema antibélico ni una celebración de la violencia. La épica de Homero es una contraépica, se ha comparado el dolor de Aquiles por Patroclo con el de los veteranos de Vietnam ante la la muerte de sus amigos. Lo que quiere tratar es de la vida y la muerte, del destino. Se puede leer la Ilíada por sus valores éticos. También hay amor y piedad. El amor de Aquiles por Patroclo, que por cierto es el mayor de los dos amigos contra lo que suele creerse, el de Andrómaca, el de Filante, mi personaje favorito, abuelo de un general de los mirmidones, por su nieto. Ahí está la escena del viejo Príamo implorando frente a Aquiles en el campamento aqueo. Lo único comparable, pero tan diferente, es la de Lear con Cordelia muerta en brazos. Homero ve la humanidad compartida entre Príamo y Aquiles. Como si Zelenski pasara la noche en el Kremlin. ¿Podemos imaginar que el presidente ucranio acudiera ante Putin para reclamarle, por ejemplo, el cadáver de su mujer? ¿Putin lloraría? No, Putin no dudaría en matarlo inmediatamente. Se ha hablado también, la crítica postfeminista lo hace, de toxicidad masculina en el poema, de que es testicular y son solo hombres, cuando hay personajes como Andrómaca, Hécuba o Helena. Es la misma tendencia de corrección política que hace ver a Alejandro Magno como un borracho genocida”. ¿Es su momento favorito el del encuentro de Aquiles y Príamo? “Hay tantos…, sin duda es una cima del poema”. ¿Y Aquiles es su preferido? “Es el héroe supremo de la Iliada, sin duda, es especial y cautivador, se sabe condenado a morir joven, y Homero usa su autoconciencia de manera genial”.


Lane Fox sostiene, por los detalles del poema, que la Ilíada evidencia que Homero, vate errabundo, visitó las ruinas de Troya, de una de las sucesivas Troyas que se alzaron en la actual colina de Hisarlik, y sobre esa visita construyó su poema ficticio que no se basa en una guerra real concreta sino en una mezcla de paisaje real con licencia poética.

De la ocasión en que visitó él mismo Troya y corrió desnudo en torno a sus murallas explica con una entrañable coquetería: “¡Oh, Dios mío, no debería haberlo hecho nunca! Quise imitar a mis héroes principales, que son los de Homero, y claro, Alejandro Magno [al que dedicó su extraordinario libro Alejandro MagnoConquistador del mundo (Acantilado, 2009)]. Alejandro hizo cosas terribles, pero también amaba a Homero, y cuando fue a Troya corrió desnudo alrededor de la tumba de Aquiles. En 1976, a punto de cumplir los 30 años, yo en su honor corrí en torno a las murallas sin ropa. Esperé a que no hubiera nadie y lo hice, dejándome puestos solo los calcetines, porque había cardos. Cuando acabé la primera vuelta pensé hacer una segunda, pero entonces llegó un grupo de turistas franceses y hube de esconderme tras un muro”. El historiador añade que si queremos entender parte de lo que siente por la antigüedad hemos de pensar en el concepto de Chéjov del vínculo entre nosotros y el pasado, “como una larga cadena, en la que si tiras de un extremo, el otro se mueve”. Vista con sus ojos, la luz de la antigüedad que se desvanece vuelve a prender como experiencia directa.

En su libro, el profesor habla del cofre propiedad de Darío en el que Alejandro guardaba su tesoro más preciado: su ejemplar de la Ilíada (en su caso no la de Loeb). “No se me ocurre nada más hermoso y conmovedor que el que pudiéramos encontrarlo, es lo que más anhelo. Está perdido, pero nunca se sabe. Su copia tendría las notas de Aristóteles, su maestro”. De la tumba de Alejandro, expresa su convicción de que aparecerá en Alejandría y recuerda que hace poco fue hallada en Grecia la escuela donde Aristóteles enseño a Alejandro y sus compañeros. En cuanto a la tumba macedonia de Anfípolis, cuya excavación “ha sido absolutamente politizada”, no cree que sea la del compañero de Alejandro, Hefestión, “quizá estén enterradas allí Olimpia o Roxana”. ¿Alejandro o Aquiles?, ¿a quién prefiere Lane Fox? “Homero vino primero. Cuando vi lo que se parecía Alejandro a Aquiles me cambió la vida”.


Hablando de héroes, Lane Fox conoció bien a uno moderno, Patrick Leigh Fermor. “Tuve esa suerte”. No puede evitar explicar la anécdota de la ocasión en que cogieron un taxi juntos una noche que hacía mucho frío en Londres. Paddy, que contaba 80 años, vio a un sintecho y bajó y le dio 20 libras diciendo: “Yo sé el frío que se pasa al raso”, recordando su tiempo de guerrillero en Creta durante la Segunda Guerra Mundial. Al preguntarle el taxista la dirección de su casa, le contestó, “No me acuerdo del nombre del lugar, pero es el del hijo ilegítimo de Carlos II con una de sus amantes”. Era Fitzroy Square. Cuando llegaron y Leigh Fermor pugnaba por encontrar la llave para abrir la puerta de casa, el taxista le preguntó a Lane Fox: “¿Quién es ese tipo tan extraordinario?” Al decírselo se exclamó: “¡El hombre que secuestró al general Kreipe en Creta, su hazaña y la forma en que trató al alemán nos ha inspirado siempre a mi hermano y a mí!”, y fue a saludarlo. Leigh Fermor le contestó: “No fue nada chaval, tú hubieras hecho lo mismo”. El taxista llevó luego al historiador hasta Oxford y no quiso cobrarle. “Ya estoy pagado: conocer a Paddy ha sido el mejor momento de mi vida”, le dijo. Es de imaginar que Leigh Fermor conocía bien a Homero y la Ilíada. “Y no solo eso, como Homero, era capaz de memorizar y recitar largos poemas, como el Mioritza rumano, al que una vez se lo escuche declamar verso a verso durante una hora y media”. Un hombre homérico, Paddy. “Totalmente”.


Hay sexo en la Ilíada. “Sí, no de posiciones, ni de jadeos, no sexo explícito, pero la gente hace el amor en el poema. Está la escena de París y Helena, de la que por cierto nunca se nos dice que sea rubia, en Troya (tampoco menciona Homero sus luego legendarios pechos, de los que se contaba que se conservaba en el templo de Lindos una copa con la perfecta forma de uno de ellos); la de Zeus y Hera, y tenemos a Aquiles y Patroclo teniendo sexo a la vez, cada uno con una chica, Diomeda e Ifis, respectivamente, bajo la misma tienda. Homero no nos da a entender que ellos mismos tuvieran relaciones físicas, su amor es de otro tipo”. En cuanto al tendón de Aquiles, Lane Fox apunta que no se llama así por su tendón sino por haber agujereado los de Héctor muerto para atarlo a su carro y arrastrarlo tesalio style. En puridad, pues, habría de llamarse tendón de Héctor. “En todo caso, hay debate sobre el asunto”, reflexiona, antes de pasar a abordar si caracterizan más a Aquiles sus pies ligeros o su grito.


Es un paso en falso preguntarle por la película Troya, y más aún sugerirle que no estaba mal la secuencia de Brad Pitt (Aquiles) y Peter O’Toole (Príamo) llorando juntos en la tienda del mirmidón. “¡Oh, no, era espantosa, horrible!”, se exclame Lane Fox. Es inevitable preguntarle por Gladiator II. “No vi la primera, pero me han dicho que la segunda es todavía peor”, zanja. Reserva su cólera Lane Fox sin embargo para el cambio en el plan de estudios de su universidad por el cual ya no es obligatorio leer la Ilíada, juzgada “demasiado difícil” para los estudiantes más jóvenes. “Solo podrán elegir más adelante una parte de la Ilíada, ¡maldita sea! Pero Homero ganará, no se preocupen”.

19 novembro 2024

Hoxe o sol ponse en Barrow (Alaska) até o 22 de xaneiro

El sol se pondrá hoy en #Utqiaġvik (Barrow) y no volverá a salir en 64 noches. Una larga y eterna noche polar les espera. Es la ciudad más al norte de Norte América.

Líderes do G-20

16 novembro 2024

Ana Iris Chacón: Íñigo, yo sí te creo

En 2020, Íñigo Errejón me propuso tomar algo y nos encontramos en la cafetería del Congreso. Supongo que lo que esperan que les cuente es que se comportó conmigo como Pajares y Esteso en Los liantes, pero el caso es que no: fue todo muy normal. Aquella tarde hablamos sobre el movimiento feminista y le expuse mis pegas teóricas y alguna vivencia. Le hablé de que, en parte por las inercias del feminismo hegemónico —el de las redes y las revistas—, había hecho cosas de las que luego me había arrepentido. Como insistirle a la dirección del medio en el que trabajaba para publicar testimonios anónimos de mujeres contra fotógrafos que, presuntamente, habían abusado de ellas.

Errejón me rebatió, así que hace un par de semanas, cuando supe de las acusaciones que se le imputaban, sentí ese pellizquito de soberbia propio de los te lo dije. Pronto dejó paso a la certeza de que esto no va solo de él, sino de la sociedad que queremos. ¿Deseamos acabar con la presunción de inocencia? ¿Queremos que se instaure una justicia paralela en redes y medios? ¿Es deseable —siquiera posible— impartir justicia a partir del “solo sí es sí”? ¿Es positivo que en una misma palabra (agresión) quepan el beso de Luis Rubiales y una violación grupal? ¿Celebrar una práctica inquisitorial —el señalamiento y la quema en plaza pública— no echa por tierra el trabajo de quienes consiguieron recursos y protocolos legales específicos para las víctimas de abusos? ¿Podemos llevarnos las manos a la cabeza con los bulos mientras publicamos denuncias de usuarios cuya identidad desconocemos? ¿El que lo personal fuera político implicaba abolir la intimidad?

Salvo el de Elisa Mouliáa, que en comisaría dijo que no se opuso, pero que tampoco consintió a las interacciones sexuales que tuvo con él (aunque en declaraciones a los periodistas contó que, cuando le pidió que parara, paró), ninguno de los testimonios contra Errejón hablan de ausencia de consentimiento. Sí que hablan de otras ausencias: de empatía o vínculos, de la conciencia de que el otro no es un producto, incluso de humanidad. Pero comportarse como un cretino no es un delito. Y “las relaciones de mierda no son agresiones machistas”, como dice el colectivo Cantoneras. La mayoría de sus agraviadas cuentan que consintieron pero luego se sintieron vejadas, lo cual ratifica una tesis de Louise Perry: que, si bien la revolución sexual supuso una liberación para las mujeres, andando el tiempo nos ha hecho caer en otros yugos, como homologar nuestro deseo al masculino.

En Contra la revolución sexual, Perry defiende que el sexo se debe tomar en serio, que hombres y mujeres somos diferentes, que algunos deseos son malos o que el sexo sin amor no empodera. De acuerdo a su paradigma, tanto sus agraviadas como incluso Errejón estarían siendo víctimas —mártires, quizá— de la revolución sexual. Para muestra, un botón: muchas dicen que al tener sexo con él sentían que el político se estaba masturbando con sus cuerpos. Pero ¿acaso no es el sexo desvinculado del afecto siempre una masturbación con el cuerpo del otro?

Cuando, en su auto de fe, Errejón se autoinculpó de haber llevado “una forma de vida neoliberal”, muchos lo acusaron de estar echando balones fuera. Ello no es incompatible con celebrar que por fin haya reconocido lo evidente: que el liberalprogresismo en el que milita es el proyecto cultural del capitalismo. Y que, como ocurre con la económica, la propuesta antropológica del liberalismo produce monstruos. Así que, Íñigo, en lo que a esto respecta, yo sí te creo.

El País (16.11.2024)