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20 setembro 2024

Carlos Boyero no centenario de Lauren Bacall

 Esa señora, bautizada como Betty Perske Weinstein (apellidos inequívocamente judíos), a la que Hollywood decidió cambiarle el nombre por el muy americano Lauren Bacall, consiguió con su primera interpretación, en la extraordinaria Tener y no tener, que las mujeres admiraran su personalidad y que todos los varones con buen gusto se quedaran colgados con ella. Al admirable Humphrey Bogart, el más chulo (justificadamente) del barrio, le asaltó idéntico deseo hacia ella que el que debieron de sentir tantos mirones. Le ocurrió a su personaje en la película y a él en la vida real. Resultado: cortó la larga y tormentosa relación que mantenía con otra mujer y se casó con la veinteañera Bacall. El argumento de la película hablaba del permanente juego de seducción entre ambos, pero eso también estaba ocurriendo en sus propias vidas, no necesitaban interpretar. Y los espectadores percibíamos que además de interpretar modélicamente a dos personajes muy atractivos, de sus memorables diálogos, de sus fascinante personalidad, estaban ocurriendo más cosas. “Si me necesitas, silba”, le decía con mirada y sonrisa hipnóticas Bacall a Bogart. Y esa felicidad la compartía el público. [...]

Y confirmas que esa actriz era una diosa cada vez que revisas esas películas tan antiguas como hermosas. Revela erotismo en estado sofisticado o natural. También inteligencia, desafío, malicia, independencia, personalidad. Expresa las sensaciones más diversas con una mirada, con una sonrisa. Y cómo se mueve, habla, escucha. La ultima vez que la observé fue en un capitulo de Los Soprano, aquella serie memorable. Y me encabroné con David Chase, su creador. Lauren Bacall se interpretaba a sí misma. En ese episodio, el aborto, psicópata, acomplejado, hiperviolento Chris Moltisanti, sobrino de Tony Soprano, la asaltaba en un hotel de Los Ángeles para robarle los exquisitos regalos que otorgaba la boutique del hotel a las grandes celebridades que se alojaban en él. Un Moltisanti enmascarado le pegaba dos hostias, la lanzaba al suelo, la humillaba, le mangaba sus pertenencias y salía corriendo con la alegría de un adolescente descerebrado. Y me contaba a mí mismo: “Eso no se lo hacía a la Lauren Bacall que yo imaginaba a través de la pantalla ni el gánster mas temerario”. Seguro que la gran dama se lo comía vivo. Que sus ovarios eran más poderosos que cualquier asaltante nocturno.

Artigo completo en El País, aquí