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16 setembro 2022

"Despistes", de Juan José Millás

 Llamaron a la puerta. Era mi vecina, que se quedó viuda hace un mes, pobre. Sus tres hijos se encuentran en el extranjero y vive sola, como yo. Venía a devolverme un tomate que le había prestado el martes. En realidad, no le había prestado ningún tomate el martes, pero me pareció una indelicadeza rechazárselo y lo tomé con muestras de gratitud. Más tarde, a la hora de la cena, mientras preparaba el tomate para hacerme una ensalada, me dio por pensar que quizá era yo el que se había olvidado del préstamo y no ella la que se lo había inventado. De hecho, desde el fallecimiento de mi mujer, del que enseguida hará dos años, me falla la memoria de lo inmediato.

Al día siguiente, cogí un par de huevos del frigorífico y llamé a la puerta de mi vecina. Le dije: “Toma, los huevos que me prestaste el jueves”. “No haberte molestado”, dijo ella aceptándolos, “pero me vienen bien, tengo la nevera vacía”. La verdad es que no me había prestado ningún huevo el jueves ni ningún otro día, pero los recibió con tal naturalidad que dudé de mí. Tal vez sí me los había prestado y no lo recordaba.

Poco tiempo después apareció ella con una tacita de sal que aseguró deberme. La tomé y de paso le di los dos pimientos rojos que afirmé deberle yo. De este modo, cogimos la costumbre de devolvernos cosas que no nos habíamos prestado o que habíamos olvidado haberlo hecho. Siempre eran cosas sencillas: una cebolla, un puerro, unos alicates. Un día que vino a devolverme un ibuprofeno la invité a tomar un café y vimos juntos el telediario. Luego se levantó y procedió a despedirme como si fuera ella la que vivía en mi casa y yo en la suya, de la que me dio las llaves como si se me olvidaran. “Que te dejas las llaves, despistado”, dijo. Ahora vivo en la casa de al lado, que creo que no es mía, aunque tampoco me atrevería a asegurarlo.

02 agosto 2020

Gonzalo López Abente e o mar de Muxía




 "O 24 de marzal do ano 1878 ás catro do serán, que cadrou en domingo, con feira en San Isidro, abrín os ollos á vida e pola fiestra da casa do Cabo da Grixa en que moraban meus pais, ollei claramente un alto cruceiro e que no seu cume agoniaba un mártir cos brazos en cruz.

Aquel día escoitei a rapsodia máis sublime e fíxenme segrel. Pillei un laúde e con ele ao lombo boteime a cantar polo mundo adiante…"


O mar!
O meu mar!
O mar que eu vexo,
nestes días de inverno,
gris, abalante,
inquedo, forte e rexo,
a cólera a roubar do fondo averno
e a bater nas orelas, escumante
de rabia e de furore, nun épico loitar!
Este mar que derruba coas paredes das hortas,
desfaise contra os cons e sobe polos cabos;
que corre polas rúas ribeiranas e tortas
entre as casas humildes dos mariñeiros bravos.
Este mar belicoso que a costa brava asedia,
que as ondas esnaquiza nunha branca fervenza
e en escumas de prata no cantil as destrenza...
é o gran creador dunha eterna traxedia.