Cuando vi por primera vez las fotografías, por separado, no podía entender cómo la composición de la imagen del rey eran tan mala. No era posible. Ni siquiera porque formaran parte de un díptico, de la misma imagen dividida en dos. No tenía sentido.
Y es que la imagen de Felipe está cuidadamente subordinada a la imagen de Leticia. Por muchas razones y todas, sin duda, calculadas por Leibovitz.
Si volvéis a mirar las imágenes anteriores. La de Leticia funciona perfectamente de forma independiente mientras que la de Felipe no. Hay una intencionalidad clara: Leticia puede "ser" sin Felipe, pero no al contrario.
Por un lado, la única vertical que aporta firmeza y estabilidad se encuentra atravesando a Leticia. ES la propia Leticia. La monarquía reposa en ella, nos dice Leibovitz con esta composición.
El espacio de Felipe y el propio rey resultan inestables, totalmente inclinados. Generan inquietud y solo funcionan en conjunto, con su pareja.
Leticia es el equilibrio y todo está pensado para destacar su rostro, al que apuntan la vertical de la esquina y la horizontal (casi la única horizontal) del dintel de la puerta.
Y esto queda enfatizado totalmente por la iluminación. Forcemos sus valores: la inmensa mayoría del cuadro de Leticia es luz, al contrario que la de Felipe, que es oscuridad.
Y también por el color. Los tonos y subtonos cálidos predominan en la fotografía de Leticia mientras que los fríos lo hacen en el de Felipe. Esto incrementa la sensación de comodidad cuando observamos el primero y la de intranquilidad cuando miramos al segundo.
De este modo, en la composición conjunta, todo está pensado para que el protagonismo, la fuerza y la estabilidad reposen en Leticia, dejando en un segundo plano a Felipe.
Esto, por supuesto, no es la primera vez que pasa. Ya vemos cómo María Luisa de Parma es el centro de la composición en la familia de Carlos IV de Goya.
Pablo Aparicio en X


