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02 febreiro 2025

Odisea de Homero

 Versión española renacentista de la «Odisea», traducida en 1550 del griego por Gonzalo Pérez, secretario del emperador Carlos V, padre de Antonio Pérez, secretario de Felipe II.

24 xullo 2023

Despedida de Héctor (Ilíada: canto VI)

 “A ella a su vez le dijo el gran Héctor, el de resplandeciente casco:

“En verdad, mujer, todo esto me afecta a mí también. Pero siento una terrible vergüenza ante los troyanos y las troyanas que arrastran su peplo si, como un cobarde, trato de mantenerme lejos del combate. Y tampoco me incita a ello mi corazón, puesto que he aprendido a ser valiente siempre y a pelear entre los primeros troyanos, tratando de alcanzar la gran fama de mi padre y la mía propia...
Vendrá un día en que perezca la sagrada Ilión, y Príamo, y el pueblo de Príamo, el de la buena lanza de fresno. Pero no me preocupa tanto el dolor de los troyanos en el futuro, ni el de la propia Hécuba y el del rey Príamo, ni el dolor de mis hermanos... cuanto tu dolor, cuando alguno de los aqueos de túnicas de bronce te lleve prisionera, llorosa y te prive de la libertad.
Y estando en Argos, tendrías que tejer a las órdenes de otra y llevar agua de la fuente, una y otra vez... y un duro destino pesará sobre ti. Y un día dirá alguno, al verte llorar: “He ahí a la mujer de Héctor, que era el más fuerte entre los troyanos domadores de caballos, cuando luchaban alrededor de Ilión”.
Así hablará alguno algún día y tu dolor volverá a renovarse por la falta de un hombre tal como para apartar de ti el día de la esclavitud”.
Habiendo hablado así, el ilustre Héctor tendió las manos hacia su hijo, mas éste se echó para atrás, gritando, sobre el pecho de la nodriza de hermosa cintura, despavorido a la vista de su padre y aterrado ante el casco y su penacho de crines de caballo, cuando lo vio agitarse terriblemente desde el extremo del yelmo. Se echó a reír el padre, así como la venerable madre. Y al instante el ilustre Héctor se quitó el casco de la cabeza, depositándolo en el suelo entre mil resplandores, y tras besar a su hijo y mecerlo en sus brazos, dijo suplicando a Zeus y los demás dioses:

“Zeus y demás dioses, concededme que también este hijo mío sea, como yo lo soy, excelso entre los troyanos y tan bueno por su fuerza y que reine con poder en Ilión. Y que algún día se diga de él cuando suba del combate: “Helo ahí, es mucho más valiente que su padre”. Y que traiga los ensangrentados despojos del enemigo que mate y que su madre se alegre en su corazón.”

Karl Friedrich Deckler: Héitor despídese de Andrómaca e Astianaque (ca. 1918)

15 xullo 2022

Ulises e Argos (Odisea, XVII, 290-327)

 Así falaban entre si. Entón un can que estaba tumbado levantou a cabeza e as orellas, o can Argos, a quen o valente Ulises criara, aínda que non puidera desfrutar del, pois antes marchara á divina Troia. 

Ao principio levábano os rapaces a perseguir cabras montesas, cervos e lebres, pero agora que o seu amo estaba ausente xacía abandonado entre o esterco de mulos e vacas que estaba amoreado ante a porta a fin de que os servos de Ulises o levasen para adubar os seus extensos campos. Alí estaba tumbado o can Argos, cheo de pulgas. Cando recoñeceu a presenza de Ulises, moveu a cola e deixou caer as orellas, pero non puido achegarse ao seu amo. Entón Ulises, que o viu desde lonxe, enxugou unha lágrima sen que se decatase Eumeo e preguntoulle:

«Eumeo, que raro que este can estea tirado entre o esterco. O seu corpo é fermoso, aínda que ignoro se, ademais de fermoso, era rápido na carreira ou, pola contra, era coma eses cans faldreiros que crían os seus amos por pracer.»

E, contestándolle, dixo o porqueiro Eumeo:

«Este can era dun home que morreu lonxe de aquí. Se o seu corpo e obras foron coma cando o deixou Ulises ao marchar a Troia, admirarías ao contemplalo a súa rapidez e vigor, xa que nunca saía fuxindo de ningunha besta na profundidade do mesto bosque cando a perseguía, pois tamén era moi hábil en seguir o rastro. Pero agora é un desgraciado, pois o seu amo morreu lonxe da súa patria e as mulleres no se ocupan del; e é que os servos, cando os amos xa non mandan, non queren facer os traballos que lles corresponden, pois o tonante Zeus lle quita a un home a metade da súa valía cando o alcanza o día da escravitude.»

Así dicindo, Eumeo entrou na morada, agradable para vivir, e foi polos corredores á procura dos ilustres pretendentes. E a Argos levouno a negra morte tras ver a Ulises despois de vinte anos. 

05 abril 2022

Odisea, I



Fálame, Musa, daquel varón enxeñoso e astuto que, tras destruir a sagrada cidade de Troia, andou sen rumo moito tempo e coñeceu as cidades e os costumes de moitos homes, e padeceu innumerables traballos no mar tratando de salvar a propia vida e a dos seus camaradas camiño da súa patria. 
E aínda así non o deu conseguido, e eles pereceron pola súa propia loucura. Insensatos que devoraron os rabaños do Sol, fillo de Hiperión, e el non os deixou volver.

Ou deusa, filla de Zeus!, cóntanos, aínda que non sexa máis que unha parte de tales cousas.


28 xuño 2020

Soño de Agamenón


Subía la divinal Aurora al vasto Olimpo para anunciar el día á Júpiter y á los demás dioses, cuando Agamenón ordenó que los heraldos de voz sonora convocaran á junta á los aqueos de larga cabellera. Convocáronlos aquéllos, y éstos se reunieron en seguida.

53 Pero celebróse antes un consejo de magnánimos próceres junto á la nave del rey Néstor, natural de Pilos. Agamenón los llamó para hacerles una discreta consulta:

56 «¡Oíd, amigos! Dormía durante la noche inmortal, cuando se me acercó un Sueño divino muy semejante al ilustre Néstor en la forma, estatura y natural. Púsose sobre mi cabeza y profirió estas palabras: «¿Duermes, hijo del belicoso Atreo domador de caballos? No debe dormir toda la noche el príncipe á quien se han confiado los guerreros y á cuyo cargo se hallan tantas cosas. Préstame atención, pues vengo como mensajero de Júpiter; el cual, aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. Armar te ordena á los aqueos de larga cabellera y sacar toda la hueste: ahora podrías tomar á Troya, la ciudad de anchas calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están discordes, por haberlos persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de infortunios amenaza á los troyanos por la voluntad de Júpiter. Graba mis palabras en tu memoria.» Dijo, fuése volando, y el dulce sueño me abandonó. Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las armas. Para probarlos como es debido, les aconsejaré que huyan en las naves de muchos bancos; y vosotros, hablándoles unos por un lado y otros por el opuesto, procurad detenerlos.»

Ilíada II,48-75

14 novembro 2019

Querela polo botín entre Agamenón e Aquiles

Mirándole con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto á obedecer tus órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha ó para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido á pelear obligado por los belicosos teucros, pues en nada se me hicieron culpables—no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil Ptía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el ruidoso mar nos separan,—sino que te seguimos á ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos á Menelao y á ti, cara de perro. No fijas en esto la atención, ni por ello te preocupas, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran á saco una populosa ciudad: aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo á mis naves, teniéndola pequeña, pero grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré á Ptía, pues lo mejor es regresar á la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para proporcionarte ganancia y riqueza.»

Contestó el rey de hombres Agamenón: «Huye, pues, si tu ánimo á ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay á mi lado que me honrarán, y especialmente el próvido Júpiter. Me eres más odioso que ningún otro de los reyes, alumnos de Jove, porque siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dió. Vete á la patria, llevándote las naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones; no me cuido de que estés irritado, ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita á Criseida, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo á tu tienda, me llevaré á Briseida, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.»

[...]

El hijo de Peleo, no amainando en su ira, denostó nuevamente al Atrida con injuriosas voces: «¡Borracho, que tienes cara de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste á tomar las armas con la gente del pueblo para combatir, ni á ponerte en emboscada con los más valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los aqueos, á quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque mandas á hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu último ultraje. Otra cosa voy á decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Sí, por este cetro que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá, porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos que administran justicia y guardan las leyes de Júpiter (grande será para ti este juramento). Algún día los aquivos todos echarán de menos á Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerles cuando sucumban y perezcan á manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.»

Ilíada I, 148-244

13 xuño 2017

Ilíada (XVIII): Aquiles lamenta la muerte de Patroclo

Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Oh Madre! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido; pero ¿qué placer puede producirme, muerto Patroclo, el fiel amigo á quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto como á mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó de las armas prodigiosas, admirables, magníficas que los dioses regalaron á Peleo, como espléndido presente, el día en que te colocaron en el tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar con las inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera tu hijo, á quien ya no recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues mi ánimo no me incita á vivir, ni á permanecer entre los hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, y recibe de este modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Menetíada.»

94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «Breve será tu existencia, á juzgar por lo que dices; pues la muerte te aguarda así que Héctor perezca.»

97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros: «Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando le mataron: ha perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no he de volver á la patria, ni he salvado á Patroclo ni á los muchos amigos que murieron á manos del divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra; siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, pues en la junta otros me superan. Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el rey de hombres Agamenón. Pero dejemos lo pasado, aunque afligidos, pues es preciso refrenar el furor del pecho. Iré á buscar al matador del amigo querido, á Héctor; y sufriré la muerte cuando lo dispongan Júpiter y los demás dioses inmortales. Pues ni el fornido Hércules pudo librarse de ella, con ser carísimo al soberano Jove Saturnio, sino que el hado y la cólera funesta de Juno le hicieron sucumbir. Así yo, si he de tener igual suerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama y haré que algunas de las matronas troyanas ó dardanias, de profundo seno, den fuertes suspiros y con las manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas mejillas. Sepan que hace días me abstengo de combatir. Y tú, aunque me ames, no me prohibas que pelee, pues no lograrás persuadirme.»

04 marzo 2017

Homero

 Homero nació en el año 1102 a. C., en una de las siete ciudades que se disputaron la gloria de ser su patria: Ítaca, Esmirna, Quíos, Colofón, Pilos, Argos y Atenas. Era hijo de Cretéis, una jovencita imprudente que quedó embarazada no se sabe de quién. Después del nacimiento de Homero su madre se casó con Femio, famoso bardo que dirigía una escuela poética, y que aparece en la Odisea, quien le enseñó el oficio de poeta; a la muerte de su padrastro, Homero le sustituyó al frente de la escuela, hasta que decidió dedicarse a viajar, y visitar, entre otros lugares, Iberia. A su regreso a Grecia contrajo una enfermedad en los ojos, que al poco tiempo le provocó la ceguera. Entonces decidió dedicar­ se exclusivamente a la poesía, y se casó y tuvo dos hijas. Compuso un buen número de poemas, entre ellos:

  • Foceida
  • Cércopes
  • Batracomiomaquia
  • Psaromaquia
  • La cabra siete veces trasquilada
  • El canto del mirlo · Ilíada
  • Odisea
  • El horno
  • La canción del mendigo
A su muerte fue enterrado en la isla de Ios. Esto es lo que cuenta la más antigua de sus biografías, atribuida falsamente a Heródoto. Según afirmaba Heráclito, murió durante un viaje, de pena y de rabia por no ser capaz de resolver el enigma que le habían planteado unos pescadores, a los que el poeta invidente había preguntado si habían pescado algo. La respuesta vino en forma de acertijo: “Los que pillamos los tiramos, los que no pudimos atrapar nos los llevamos”. (Solución: los piojos).
Según otra leyenda, citada por Eustacio de Tesalónica, Homero sería egipcio, o había estudiado en Egipto; allí, en el templo de Hefesto en Menfis, habría encontrado los poemas sobre la guerra de Troya y sobre el regreso de Ulises que había escrito la poeta egipcia Phantasia y que había confiado al cuidado de los sacerdotes del templo. Homero convenció a los sacerdotes de que le hicieran una copia de los poemas y los adaptó para escribir la Ilíada y la Odisea. Según otras fuentes, Homero era hijo de Telémaco, y nieto por tanto de Ulises...
Es decir: que, al igual que nosotros, los antiguos no sabían nada de Homero. Lo que sí es cierto es que, fuera quien fuera su autor, la Ilíada y la Odisea, transmitidas oralmente por los rapsodas, alcanzaron pronto gran popularidad. Ya en el siglo viii a. C. ambos poemas eran venerados por los griegos como la síntesis de la sabiduría divina y humana. Como eran recitados en las fiestas públicas de Atenas, el legislador Solón dispuso en el siglo vi a. C. que la recitación se hiciera siguiendo el orden del asunto; y su sucesor Pisístrato hizo escribir las versiones de cada rapsoda, las comparó entre ellas y estableció un texto único. Lo cual no evitó que continuaran las incertidumbres sobre el autor. Ya en la época alejandrina se sospechó que la Ilíada y la Odisea podían ser obras de autores distintos. 
La polémica resurgió con fuerza a principios del siglo xix, tras la publicación de los Prolegomena ad Homerum (1795), del filólogo alemán Friedrich August Wolf, quien sostuvo que ambas epopeyas se habían formado a partir de poemas orales menores compuestos en épocas diferentes por distintos aedos y que fueron refundidos en un solo texto con posterioridad. La discusión sigue viva. Homero pudo haber sido el autor de la Ilíada y la Odisea; o quizá solo de una de ellas (según Samuel Butler, por ejemplo, la Odisea habría sido escrita por una mujer); o únicamente el recopilador de ambos poemas, o quizá solo de uno de ellos; o a lo mejor ni siquiera existió. Que no le hizo falta haber existido para ser el más grande poeta de todos los tiempos.