26 febreiro 2026

13 febreiro 2026

Hermes en Bulgaria

 El verano de 2024, un grupo de arqueólogos encuentran por casualidad una estatua de mármol de lo que podría ser Hermes en una antigua alcantarilla de la antigua ciudad de Heraclea Sintica, en Bulgaria.

El dios mensajero griego estuvo enterrado durante unos 2000 años. La pieza estaba muy bien conservada, con la cabeza en perfecto estado y, eso sí, recubierta de tierra. De ahí que se haya mantenido prácticamente intacta a través de los años. Según los expertos, la escultura data del siglo II d.C y podría haber sido depositada en los alcantarillados de la ciudad 200 años más tarde para, probablemente, protegerla de los terremotos.


11 febreiro 2026

Máximo Pradera: La luz de techo: sexo, relato y venganza en el caso Errejón–Mouliaá

Hay un detalle aparentemente menor en la declaración de Elisa Mouliaá que, si lo tomamos en serio, cambia la lectura entera del caso: la luz. Ella misma le reprocha a Errejón que pare, que la situación le resulta muy incómoda, “que además con luz de techo”, y remata con una frase que condensa la humillación: “A una mujer se la pone cómoda”.

Ahí está la clave del caso. En esa queja sobre la luz blanca, plana, nada íntima, se cruzan dos guiones incompatibles: el de ella, que entra en escena esperando un encuentro romántico con potencial de relato (quizá de relación), y el de él, que parece limitarlo todo a un “calentón” con atmósfera de novela erótica barata.

Dos guiones, una noche

Si uno mira la cronología, no se trata de dos desconocidos que se cruzan borrachos a la salida de un bar. Hay mensajería previa, flirteo, “deseo mutuo de conocerse personalmente”, según recoge la propia Fiscalía. Ella va a una presentación de libro, le admira, tontean en redes, quedan. Es un patrón reconocible: la aspiración a convertirse en “la Sra. de X”, o al menos a ver si de ahí sale algo más que sexo.

El relato de ella, en la denuncia y en la declaración, tiene un motivo recurrente: decepción. “Me llevó a una habitación y me entró a saco”, cuenta por mensaje a una amiga días después; añade que más tarde, ya en casa de él, “siguió intentándolo” hasta que ella le dice que la está “invadiendo”. La palabra “invadir” es importante: no habla sólo de un cuerpo que no desea, sino de un territorio íntimo que esperaba reservado para otro tipo de historia.

En paralelo, el relato fiscal cristaliza otra mirada: hubo tonteo previo, atracción mutua, los dos entran juntos en una habitación “para mantener mayor intimidad”, y más tarde se van al domicilio de él, donde continúan los besos y tocamientos hasta que ella dice que no quiere seguir, momento en que él CESA y ella se marcha. Es el guion jurídico clásico del “encuentro consentido que se corta a tiempo”

“A una mujer se la pone cómoda”

Volvamos a la luz. En el vídeo de su interrogatorio, cuando el juez le inquiere por qué sigue con él pese a sentirse violentada, ella intenta explicar el malestar acumulado. Y ahí aparece la frase: “Le dije que parara, que me estaba siendo muy incómoda, que además con luz de techo, que… que parara. A una mujer se la pone cómoda, que me estaba sintiendo violentada…”.

No es una anécdota decorativa, es un manifiesto de expectativas de género. “A una mujer se la pone cómoda” quiere decir: si vas a tener sexo conmigo, al menos construye un mínimo decorado de intimidad, de cuidado, de ritual romántico. La luz de techo funciona aquí como símbolo de una sexualidad sin preámbulo emocional, sin atmósfera, casi administrativa: la habitación impersonal, la luz blanca, el cuerpo tratado como interfaz inmediata.

En muchas crónicas se habla además de las “reglas” que él le habría impuesto esa noche (no alejarse más de unos metros, un beso si se separa, guardar silencio), que ella vivió como humillantes y decepcionantes. Ese juego pseudo–dominante –más cerca de un manual de seducción de seminario coach que de un erotismo genuino– encaja con lo que podríamos llamar “Fantasía 50 sombras de Grey”: un hombre que se coloca en el papel de amo de la situación sin que la otra parte haya firmado la misma novela.

Ella entra esperando aventura romántica con político al que admira; él ya está en el capítulo tres de una ficción erótica que sólo él ha leído.

¿Consentimiento o ajuste de cuentas?

La Fiscalía, en su escrito del 28 de enero, es cristalina: pide la absolución porque “hubo consentimiento en los hechos denunciados” y el encuentro terminó cuando Mouliaá “manifestó que no quería continuar, cesando el encuentro en ese instante y marchándose ésta a su domicilio”. Concluye que los hechos “no son constitutivos de delito”.

En términos estrictamente penales, el razonamiento es coherente:

  • hay aproximación mutua previa,

  • hay decisión conjunta de ir primero a la fiesta, luego a la casa de él,

  • hay besos y tocamientos bilaterales,

  • y el cese se produce cuando ella expresa su negativa.

El problema es que el Derecho penal no está diseñado para procesar decepciones afectivas, asimetrías de guion o humillaciones simbólicas como la de la luz de techo. Donde ella ve invasión de su intimidad, él y la Fiscalía ven un “encuentro sexual” incómodo pero consentido.

Mi hipótesis de la venganza de Mouliaá, formulada crudamente, dice así: cuando ella comprueba que no hay historia romántica, sino una utilización sexual que vivencia como degradante, decide vengarse mediante la denuncia. Hay elementos que alimentan esa lectura: el giro temporal de su relato, el hecho de que denuncie en 2024 hechos de 2021, el contexto de otros casos mediáticos y la percepción de “ajuste de cuentas” que varios medios conservadores han agitado, incluyendo el dato de que habría presionado a testigos para que avalaran su versión.

Todo esto se cruza, además, con algo que late en segundo plano: el afán de notoriedad de Mouliaá y la promesa de convertirse, si la historia cuajaba, en una figura de referencia del nuevo feminismo punitivo. No hablo de una patología clínica, sino de un deseo muy humano de que tu relato sea el definitivo: ella se ofrece como víctima emblemática en el momento justo en que el ciclo mediático busca caras para enmarcar la “caída” de Errejón. En ese marco, la denuncia no sólo ajusta cuentas con un hombre que la decepcionó, sino que también persigue un lugar en la historia: liderar una causa, poner su nombre en la crónica del movimiento, asegurarse de que la escena bajo la luz de techo no se pierda como una noche más, sino como el origen de un caso que, en su delirante imaginación, podría sentar jurisprudencia.

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10 febreiro 2026

Reparto de Doutor Zhivago (1965)

Geraldine Chaplin, Julie Christie, Tom Courtenay, Alec Guinness, Ralph Richardson, Omar Sharif, Rod Steiger.